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La
biblioteca escolar: espacio
real y espacio simbólico* (pág 1) por María Jesús Illescas Núñez y Natalia Bernabeu Morón
Al bueno de Alonso Quijano su biblioteca le cambió la vida. Tras adentrarse en las existencias apasionantes de héroes como Amadís, Palmerín o Tirante y mirarse en esos sorprendentes espejos, decidió que quería parecerse a ellos y se convirtió en Don Quijote de la Mancha. De nada sirvieron los esfuerzos del señor cura y del barbero- con su inconsciente miedo a la vida- ni la despiadada quema de libros tan amados: la semilla ya germinaba en el corazón de Don Quijote y daba sus frutos. Los libros de su biblioteca hablaban de lugares maravillosos que él deseaba conocer; de hazañas apasionantes que él anhelaba vivir; de personas excepcionales y únicas a quienes quiso parecerse. De este modo, en un acto de voluntad - que algunos dieron en llamar locura- Don Quijote buscó y encontró el camino para llegar a sí mismo y a los demás: en medio de la aparente monotonía de los campos manchegos vivió increíbles aventuras como la del yelmo de Mambrino y conoció las historias- o sea, las vidas- de otros seres humanos: Dorotea, Cardenio, el cautivo...; y esas vidas-historias le hablaron también de sí mismo. CRUCE DE CAMINOS O LABERINTO. En uno de los últimos viajes que Umberto Eco realizó a nuestro país para recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de Castilla-La Mancha, pronunció un discurso en el que comparaba dos concepciones diferentes de biblioteca: la de Don Quijote y la de Jorge Luis Borges. Para Eco, la biblioteca de Don Quijote es "un lugar del que se sale para aventurarse en la vida"; de la célebre biblioteca de Babel, en cambio, "no se sale". Don Quijote quiso que "el universo fuera su biblioteca"; Borges, en cambio, "que su biblioteca fuera el universo". Pero las de Don Quijote y Borges son en realidad la misma biblioteca, espacios simbólicos - cruce de caminos o laberinto- que trazan una senda de doble dirección: hacia el exterior y hacia nosotros mismos, y hablan de superación y crecimiento personal. Tradicionalmente, las bibliotecas han simbolizado el conocimiento y la sabiduría; han sido lugares donde sólo los elegidos podían acceder a la cultura guardada celosamente en los libros de sus anaqueles; espacios semi-mágicos en los que se encontraban las claves para entender el universo. Esta idea nos hace pensar en una biblioteca escolar como espacio en el que los niños y los jóvenes experimenten ese cruce de caminos del que deberán salir con esfuerzo e imaginación. Es allí donde podrán reconocer la complejidad del mundo que les rodea, descubrir sus propios gustos, investigar aquello que les interesa, acceder a conocimientos nuevos, elegir libremente sus lecturas favoritas y soñar con mundos imaginarios. Este espacio puede ser una plaza para el encuentro con los otros, o un balcón desde donde intentar entender la realidad a pesar de su aparente escritura indescifrable. La biblioteca escolar se convierte, entonces, en un espacio simbólico, punto de referencia para el trabajo pedagógico y en vértice de una fuerza centrífuga que poco a poco puede ir transformando el centro educativo.
NECESIDAD
DE UNA NUEVA ESCUELA Los alumnos entran en la escuela y desarrollan su vida escolar habiendo manejado y manejando un amplio número de estas informaciones transmitidas por los medios de comunicación de masas y otros medios de la sociedad de consumo. En ellas se basa, principalmente, su visión del mundo que les rodea. Su experiencia vital, en cambio, es mucho más limitada de lo que su conocimiento de datos pudiera sugerir. En este mar de información se mueven tanto los profesores como los alumnos que son, a la vez, consumidores y creadores de mensajes. Ante esta evidencia, la escuela no puede seguir dirigiéndose a unos alumnos y a una sociedad que ya no existen. Frente a la antigua concepción de escuela-enciclopedia (saber estático, uniforme, único, unidireccional), debemos oponer la de escuela-biblioteca (saber dinámico, variado, múltiple, procedente de muchas fuentes). Esta nueva escuela, adaptada a los tiempos debe ser:
Un lugar de conocimiento, donde acceder, contextualizar, elaborar, ampliar
y dar sentido a ese enorme caudal de información. Esta escuela debe dotar a los alumnos de las habilidades necesarias para su desarrollo personal y profesional. La lectura es una de estas habilidades básicas pero debemos entenderla desde un punto de vista muy amplio. Esta lectura puede realizarse para diversos fines como: informarse, investigar, aprender, disfrutar...; puede ser una lectura literaria o informativa; puede realizarse a través de los diversos soportes que existen en la actualidad... Además, hay otras habilidades relacionadas con la lectura y el manejo de información, que también son básicas para el aprendizaje. Cualquier persona, para aprender, necesita saber analizar un problema, identificar exactamente la información necesaria para resolverlo, evaluar las fuentes de información disponibles, buscar en cada una de ellas eficazmente, valorar la información obtenida y seleccionar la que es pertinente, relacionar los nuevos descubrimientos con sus conocimientos previos y sintetizar y organizar todo ello de una forma apropiada para comunicarlo a otros. Para conseguir todo esto hay que recurrir a una gama amplia de documentos en diversos soportes. Y aquí es donde nos parece insustituible la biblioteca escolar como recurso pedagógico y espacio educativo complementario, diferente del aula. *Artículo publicado en la revista Literatura Infantil y Juvenil, número 149, verano 1997 (España). Número monográfico sobre el Primer Encuentro Nacional sobre Bibliotecas Escolares. Pag. 55-58.
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