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Carta a los docentes que quieren contar historias
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Por Ana María Bovo
Ana María Bovo es actriz y contadora profesional de historias. Dirige una Escuela de Relato en Buenos Aires.

“Si tiramos una piedra, un guijarro, un “canto”, en un estanque, produciremos una serie de ondas concéntricas en su superficie que, alargándose, irán afectando los diferentes obstáculos que se encuentren a su paso: una hierba que flota, un barquito de papel, la boya del sedal de un pescador... Objetos que existían, cada uno por su lado, que estaban tranquilos y aislados, pero que ahora se ven unidos por un efecto de oscilación que afecta a todos ellos. Un efecto que, de alguna manera, los ha puesto en contacto, los ha emparentado.

(…) De forma no muy diferente, una palabra dicha impensadamente, lanzada en la mente de quien nos escucha, produce ondas de superficie y de profundidad, provoca una serie infinita de reacciones en cadena, involucrando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y la memoria, a la fantasía y al inconsciente, y que se complica por el hecho de que la misma mente no asiste impasiva a la representación. Por el contrario interviene continuamente, para aceptar o rechazar, emparejar o censurar, construir o destruir.

Gianni Rodari. Gramática de la Fantasía.. Argos Vergara: Barcelona, 1983.

Soy docente, actriz, y, desde hace 15 años, narradora profesional de historias.

Mi primer maestro de narración fue Walter Bovo. También era, por suerte, mi padre. Su profesión no era la de contar cuentos. Vendía muebles, en aquella época próspera para las mueblerías, cuando se estilaba que los novios compraran el juego completo de dormitorio, el de comedor, etc. Yo iba a visitarlo a su trabajo. Lo veía hacer a través de los espejos de los roperos y tocadores. Decía, señalando el respaldo de una cama: “cuando ustedes se casen, cuando se acuesten por la noche, van a estar durmiendo al pie de un bosque de cerezos.” Se refería a la fina lámina de marquetería que sacaban, efectivamente, de la raíz de los cerezos para cubrir los muebles art deco. Su entusiasmo para vestir casas ajenas era irresistible. Aunque él terminaba su trabajo de vendedor el sábado al mediodía, sufría por el traqueteo de los muebles en el camión que los repartiría el sábado a la tarde.

Finalmente, acompañaba al chofer y los peones. Me invitaba a mí. Preciosas tardes de ver las frentes sudorosas, el intercambio de chistes, el eco de las voces en la casa aun vacía. Mi papá recomendando el lugar para colgar el futuro retrato de los novios. Después nos convidaban a compartir la merienda. Y ahí me decían “qué lindos ojos”, “qué calladita”, “muy delicada”. Delicado lugar el nuestro. El de mi padre y yo. Entusiastas, asomándonos a la felicidad de otros; discretos, soslayando la nuestra.

De aquellas tardes volvíamos con una invitación al casamiento. Y así, aunque fuera injusto para mi mamá y mis hermanos menores, nos convertimos en el departamento de relaciones públicas de la familia. Ibamos nosotros solos, con la promesa de regresar y contarlo todo. En la fiesta, él se movía con la gracia de un diplomático, con ese ángel que debe tener un hombre que vende bosquecitos de cerezos. A la vuelta me decía: “Ana, contálo vos.” Aunque mi público era incondicional, al final él me llevaba aparte y me decía: “Estuviste bárbara cuando contaste lo de las cintitas de la torta. Ahora... como decirte, la próxima vez, no te rías en la parte más cómica. Y este dato que diste al principio, guardalo hasta el final. Porque ahí tenés un as en la manga... ¿no te parece?”

Y me fue pareciendo...
...me fui pareciendo, a él.

Y así aprendí a reconocer, en las puertas de los muebles, bosquecitos de cerezos. Y en cada relato ajeno, el as en la manga. Me pregunto si mi padre sabría que me estaba enseñando que el relato es la fuente originaria del aprendizaje, y también su suerte. Que me estaba legando una profesión inesperada.

Pero el placer de escuchar continuó también después, a lo largo de la escuela primaria y secundaria, gracias a los maestros que se tomaron el tiempo de contarnos historias.

Por ejemplo, la Hermana María Jesús. La “tuve”, por suerte, en segundo y tercer grado. Vestía siempre el mismo hábito, el de la Orden de la Inmaculada Concepción. Un vestuario repetido tarde a tarde que, sin embargo, despertaba en mí tanta curiosidad y ofrecía continuamente novedades. Era misterioso desentrañar cuánta tela había debajo de la falda. Terminar de contar las alforcitas que se abrían como rayos de sol sobre el canesú blanco almidonado. Ver por dónde se le escapaba algún cabello rebelde. Observar los nudos de los cordones blancos que colgaban de la cintura, enredándose con las cuentas gruesas del rosario de madera.

Aquél, su único vestido, la erigía hada, princesa, Santa Ana, bruja, enfermera, monja, virgen, Salomé, según lo que contara.

Porque hubo un momento, en que tomó la feliz decisión de contarnos el Antiguo Testamento en episodios, sin censura, o sea, que bajo el ojo de Dios que todo lo veía, los hombres y mujeres del antiguo testamento se apedreaban, se emborrachaban, se enamoraban, fornicaban; y las mujeres, en lugar de dar a luz, “parían”.

Al final de cada episodio, cuando estábamos ya sin aliento, ella giraba graciosamente para tomar el libro de asistencias diciendo: “Y mañana... continuará.”

Gracias a aquella versión apasionada, todo mi grado tuvo después un secreto desprecio por la “Biblia para niños” que nos entregaron en cuarto grado. Una edición blanca, o una “historia blanca”, donde faltaba el brillo de los ojos de la Hermana María Jesús. La amo por atrevida, por apasionada, por española. Porque nos contó lo que ella tenía ganas de contarse. La hacía feliz compartir aquella historia. Después, el resto del tiempo, explicaba los demás contenidos amorosamente, cumpliendo su deber: pero ya no era la estrella glamorosa del momento del relato.

Me dijeron que vive todavía. Que tiene ochenta años. Y sueño con ir a verla. No dudo de reencontrar el brillo en los ojos si le pido que me cuente una vez más del baile y la borrachera de la multitud, cuando Moisés está arriba en el monte, esperando recibir las Tablas de la Ley.

Cuando yo fui docente y empecé a contar para mis alumnos, quizás tenía, sin saberlo, la ambición de volverme como ella, inolvidable. Desde hace unos años, cuando doy talleres para docentes, les propongo a las maestras y maestros caer en la tentación. Abrir, en medio de la clase, un espacio informal para responder a un deseo personal. Ceder a la molesta voz de la intuición que se entromete en el camino de lo racional. ¿Cómo?, ¿una profesora de biología va a interrumpir un momento de su clase para describir en detalle su vestido de novia? Pero creo que es precisamente ahí, donde el docente se vuelve vulnerable, que genera una confianza que es difícil establecer, a veces, de otra manera.

Confiando en la memoria autobiográfica como la oportunidad de crear un lazo afectivo, propongo entonces contar:

Todo aquello que en ustedes genera un suspiro: el recuerdo de un viaje, de un amor, de un consejo revelador, el dolor por la muerte de alguien.
Todo aquello que contenga un conflicto, que a veces se resolvió felizmente, y otras no.
Las pequeñas historias de vida que se desprenden de una pregunta.

Hay algunas consignas para agitar la memoria que funcionan como piedritas que se arrojan a un estanque.
Podemos preguntar a nuestro auditorio: “Si pudieras elegir estar a la sombra de un árbol, ¿cuál sería?” Y pedirles que cuenten lo primero que les venga a la cabeza, resguardando la espontaneidad y la brevedad del relato.

En una ocasión hice esta pregunta y obtuve algunas de estas historias:
“Quisiera estar a la sombra de una higuera en una tarde de verano, en una mesa larga y rústica, con todos mis primos a la hora de la siesta. Somos de familia judía, y mi padre, inmigrante checoslovaco en la Argentina, decía que sólo en un país de salvajes puede haber tres meses de vacaciones. Por lo cual contrató, para aquellas tardes de verano, a un profesor de idisch que nos daba clases bañado en sudor bajo la sombra oscilante de la higuera. Mientras él se secaba la frente, mirábamos con ansia el temblor de las hojas esperando la caída de un higo sobre su cabeza...”

“Aquí, en medio de la ciudad (Buenos Aires) me comunico con una amiga sin usar teléfono. Nuestros edificios son vecinos y, a través de nuestras ventanas, agitando una cintita roja, sabemos que es la hora de una cita. Bajamos y, después de caminar 200 metros, me encuentro con mi amiga que está enferma, bajo la sombra de un árbol que hemos dado en llamar “el árbol africano”. Ella me anuncia: tengo fuerzas para una hora. Cuando ese tiempo termina, ella se vuelve más saludable a su casa...”

“Quiero estar bajo la sombra de una palmera tumbada, en una playa de arena blanca y aguas azules. La vi en varios afiches publicitarios y cuando viajé a Cancún la busqué y no estaba...”

“Atravesé un momento muy difícil de mi vida en que tuve fantasías de suicidio. Me había confortado una lectura en un libro oriental donde a un hombre le “salvaba la vida” detenerse a mirar un bosquecito de cerezos en flor. Por entonces debía mudarme y mi hija me acompañaba a ver casas. Después de ver más de sesenta, exhausta, decepcionada, encontré una que tenía en el jardín de adelante un cerezo en flor. Antes de ver la casa que estaba detrás, yo le dije: “Voy a comprar ésta.” Y desde entonces, ése es mi hogar...”

Todas estas historias surgieron después de la consigna, trayendo jirones autobiográficos que tienen una gran “intensidad literaria” y dan cuenta de una experiencia vital que es la esencia del relato. Esta especie de “ocio” no es la madre de todos los vicios, sino un espacio de creatividad, libertad, confianza, que puede, entre otras cosas, generar interés por las historias y la literatura.

Otras consignas posibles son estas: “Si te encontraras con un ser que tiene la posibilidad de devolverte un objeto perdido, ¿qué le pedirías?” “¿Cuáles son los zapatos, entre los que tuviste, que más te gustaron en tu vida?”

Estas preguntas pueden ser repetidas por los hijos a sus padres, y armar así una trama que se abre, se multiplica indefinidamente y provoca una conversación cara a cara entre los adultos y los niños.

Muchas de estas consignas se basan en una tensión de opuestos: encontrar-extraviar, tener-perder, ayer-hoy…; todas ellas se sostienen sobre otra tensión mayor, que es la de vivir y morir.

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