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Propuestas para la mejora de la educación documental* Por María Jesús Illescas Núñez y Natalia Bernabeu Morón Los alumnos de hoy en día poseen un nivel de formación mucho mayor que los de hace unos años. Muchos de ellos utilizan Internet o se cartean por correo electrónico con amigos de cualquier parte del mundo. Tienen deseo de saberlo todo pero, curiosamente, no les interesa nada de lo que los profesores nos empeñamos en hacerles aprender. Estos chicos y chicas, además, acostumbrados a las estrategias cognitivas que propicia el medio televisivo, no están habituados a pensar, ni saben leer con sentido crítico. Deseosos de explicarse a sí mismos y al mundo que les rodea, nunca han estado más desorientados y confusos. Cada vez más, en la práctica diaria los docentes vivimos situaciones en las que podemos constatar hasta qué punto nuestros alumnos están lejos de las pautas culturales en las que nos hemos educado nosotros. Y es que el modelo tradicional de escuela se está modificando con una gran rapidez como resultado de la generalización de las nuevas tecnologías en todos los ámbitos de la vida. Pero, ¿estamos preparados para modificar nuestro rol? ¿Seremos capaces de encontrar el equilibrio entre modernizar la escuela y seguir transmitiendo a nuestros alumnos un nivel aceptable de conocimientos?. Una escuela de calidad adaptada a los tiempos que corren debe enseñar a los alumnos a aprender por sí mismos el resto de su vida. Por eso nuestra labor educativa en un mundo saturado de información ha de poner el énfasis en aspectos que hasta ahora eran secundarios o instrumentales: la educación documental. No podemos permitir que nuestros alumnos y alumnas se autoeduquen documentalmente o inventen sus propios métodos ante la falta de pautas (resumir no es quitar alguna frase de aquí o de allá). Debemos tomar la iniciativa y hacer que se entrenen progresivamente, y de acuerdo a las aptitudes de cada etapa evolutiva, en aquellas habilidades que no se adquieren de forma espontánea ni automática, pero a las que habrán de recurrir constantemente a lo largo de su vida escolar y profesional. Los alumnos han de aprender en la escuela las estrategias que les permitan identificar las informaciones que necesitan, evaluar las fuentes de información disponibles, buscar en cada una de ellas eficazmente, seleccionar la información pertinente, realizar una lectura crítica de los distintos documentos, relacionar los nuevos descubrimientos con sus conocimientos previos y sintetizar y organizar todo de una forma apropiada para comunicarlo a otros. Necesitan, en definitiva, la educación documental de la que venimos hablando. La formación lectora y la adquisición de estrategias para el acceso a la información y para el trabajo intelectual se detallan en los Decretos de Currículo para todas las etapas educativas. Pero es difícil, en la práctica, abordar una educación documental coherente y progresiva para los alumnos, debido a varias causas: La necesidad de formación de los propios profesores. Por lo general, todos nosotros somos autodidactas en lo que se refiere a la educación documental y necesitamos ampliar nuestra formación en este campo. La necesidad de llevar a cabo un cambio metodológico: la educación documental exige estrategias didácticas más activas, en nuevos espacios y con recursos adecuados. La falta de recursos para ofrecer esta formación en los centros. La mayoría de los profesores suelen realizar en sus clases actividades relacionadas con la educación documental, pero esto se va desarrollando de forma desordenada y compartimentada, cuando no espontánea, a lo largo de la escolaridad de los alumnos. Sería necesario elaborar un programa de trabajo coherente y explícito que abarcara los objetivos y contenidos de la educación documental a lo largo de cada etapa, junto con su progresión y su secuenciación en cada curso, de tal manera que se concretaran los contenidos del currículo. La lectura y las estrategias de acceso y de elaboración de la información deben ser un contenido transversal a todas las áreas y contemplarse como un proyecto común en el que esté implicado todo el claustro. El recurso básico para esta formación es la biblioteca escolar, entendida como un dinámico centro de recursos que apoya el proceso pedagógico. Esta biblioteca renovada, dotada de recursos, y dinamizada por alumnos y profesores, ha de expresar el cambio hacia una cultura comunicativa de diálogo y participación. Los equipos directivos de los centros deben entender esto si quieren conseguir una oferta educativa de calidad. Será necesario fomentar y facilitar los cambios en el marco de la autonomía pedagógica de los centros. Para empezar, es preciso promover la comunicación interna, el intercambio y la participación y velar por que estos objetivos y contenidos primordiales para la formación integral de los alumnos aparezcan recogidos en los Proyectos Educativos y Curriculares. Además, deben convertir las bibliotecas de sus centros en espacios integradores de aprendizaje. Las Administraciones educativas deberían apoyar sin reservas este proceso, ofreciendo cursos de formación para los docentes, elaborando orientaciones didácticas que aporten propuestas integradoras de todos los contenidos relacionados con la educación documental y favoreciendo una verdadera integración de las bibliotecas en los centros educativos. Para ello es necesario, cuanto antes, eliminar las carencias existentes en cuanto a personal, horarios y dotaciones. Estamos convencidas de que sólo así la escuela será capaz de hacer frente a las demandas cada vez mayores de una sociedad en continuo cambio. *Artículo publicado en Educación y Biblioteca nž 92. Julio-Agosto 98.
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