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El aprendizaje como proceso creador
ficha
técnica
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por Natalia Bernabeu
Morón y Andy Goldstein
El valor del caos
"Como no tiene nombre, se le llama
hylé, materia, caos, posibilidad o susceptibilidad de ser, o
lo que sirve de fundamento de algo o de otras muchas cosas"
(Nicolás de Cusa. Compendium. Ed. Hamburgo, 1970) Citada en Roob,
Alexander. Alquimia y Mística. Taschen: Köln, 1997.
"Esta prima materia se encuentra en un monte que contiene una
cantidad inconmesurable de cosas creadas. Todo el saber del mundo se
contiene en ese monte. No hay ciencia ni conocimiento, sueño
o idea que no lo contenga"
(Abu´l-Qâsim. Kitâb al-´ilm. Ed. Holmyard: París,
1923) Citada en Roob, Alexander. Alquimia y Mística. Taschen:Köln,
1997.
Los jóvenes tienen derecho a conocer la complejidad
del mundo que le rodea. En su entorno continuamente se producen hechos
y situaciones que no entienden. El profesor que puede transmitir el valor
del caos les enseña a tolerar la incertidumbre y a percibir el
desorden como una de las fases esenciales de todo proceso creador.
El desorden, la aparente "falta de disciplina", el caos, la
confusión son desde un punto de vista tradicional elementos muy
negativos para la escuela. Un docente que no sabe imponer su autoridad
y mantener en orden y en silencio su clase se considera que es mal profesor,
o que tiene un déficit de autoridad, o que carece, incluso, de
un proyecto educativo coherente. Esto nos ha llenado de angustia a más
de uno que cuando no hemos podido "mantener el orden" nos hemos
sentido inferiores, y tan culpables que a veces no hemos podido ni contarlo.
Desgraciadamente, a pesar de que la institución escolar teme al
caos, cada vez se producen en la actualidad dadas las circunstancias
sociales y las características emocionales de los adolescentes
- más situaciones caóticas en el desarrollo de la práctica
escolar. Recuerdo una imagen reciente sucedida en mi instituto. Era el
último día lectivo previo a cinco días de fiesta.
Yo tenía que impartir mi clase de literatura de 14 a 15 horas.
Llegué al aula y vi un recinto sucio, con el aire cargado, las
mesas separadas entre sí ocupaban todo el espacio, pues acababan
de hacer un examen, apenas quedaba espacio libre, pero los chicos y chicas
se movían por todos lados y gritaban, gritaban excitados, preguntando
las respuestas del examen, salían y entraban de la habitación,
corrían unos tras otros, algunos se pegaban
realmente, a
pesar de tantos años de experiencia, me pregunté cómo
iba a poder dar mi clase. En un rincón, en medio de ese desbarajuste,
la profesora que me había precedido recogía sus papeles
de encima de la mesa. Sentí pena de ella y de mí, de nuestra
condición de docentes. Le pregunté: ¿qué pasa?
Nada me contestó-, que acaban de hacer un examen.
Y sin embargo, hay que perder el miedo al caos. Cuando se utiliza una
metodología activa se producen también en el aula momentos
de desorden. Se les puede pedir a los alumnos que se levanten y muevan
las mesas, que se cambien de sitio, que se desplacen todos hacia un lugar,
que se levanten a leer una información que aparece en un mural,
etc. En estos momentos la clase desde una perspectiva tradicional "es
un desastre", pero si el profesor sabe tolerar el caos, sólo
tendrá que "dar tiempo" y las cosas volverán a
su cauce. Porque el caos significa movimiento, cambio, promesa de algo
nuevo; comienzo de un acto de aprendizaje y de creatividad, sustrato indeterminado
de todas las energías vitales en potencia.
A menudo es el propio docente el que no puede tolerar el caos y la incertidumbre.
En esos casos son corrientes las reacciones autoritarias. Pero lo más
efectivo es hacer del desorden una herramienta de trabajo. Si el profesor
está atento al emergente del grupo y sabe adónde quiere
llegar, y sabe dar el tiempo suficiente, tomará sin dificultad
las riendas. Un recurso efectivo ante el caos es "jugar" con
lo que está pasando y exagerarlo. Por la circularidad de los procesos,
cuando se permite el desarrollo de una acción, y se da tiempo a
que se agote, aparece espontáneamente la opuesta; una vez que se
potenció la descarga, viene la serenidad, el momento propicio para
pasar a otra fase del proceso.
Un día entré en una de mis clases del pasillo de la ESO:
los alumnos estaban dando patadas en el suelo. Les pedí que se
sentaran cada uno en su mesa y que con las dos piernas al mismo tiempo
dieran tres patadas, lo más fuerte que pudieran. Lo hicieron, entre
risas y armando mucho ruido. A continuación, les pedí que
hicieran lo mismo, pero además de dar patadas en el suelo debían
golpear la mesa con las dos manos a la vez, lo más fuerte que pudieran.
De modo que tenían que golpear, al mismo tiempo, con los dos pies
y las dos manos. Lo hicieron unas tres veces, pues en seguida se cansaron.
A continuación fue muy fácil llevarlos a una relajación
y, tras esta, dar tranquilamente la clase.
Otro día los alumnos de 3¼ de la ESO C (todos repetidores) estaban
castigados porque habían ensuciado la clase y debían limpiarla.
Se trataba de que barrieran el suelo y yo quería que, por una vez,
fueran los chicos (que eran mayoría en el grupo) y no las chicas,
los que lo hicieran. Ricardo cogió la escoba y Adrián el
recogedor, que era de palo largo. El primero se puso a barrer como quien
juega al golf, mientras su compañero reía y trataba de atrapar
la basura. Acabamos organizando un campeonato de golf. Se rieron mucho,
levantaron bastante polvo, pero dejaron el suelo limpísimo.
Se trata, pues, de jugar con una situación inicial conflictiva
y convertirla en algo creativo. Con esta actitud, a través del
aprendizaje informal, les estás transmitiendo que el caos no debe
darles miedo.
El valor del aburrimiento
En la sociedad del espectáculo está muy mal visto aburrirse.
Los modelos circundantes hablan de que todos los momentos de la vida han
de ser intensos y espectaculares. Los padres y maestros son los primeros
que ven mal el aburrimiento. ¡Cuantas madres, cuando sus hijos les
dicen: "mamá me aburro" se llenan de ansiedad y los sientan
ante la televisión!. Esta angustia ante el aburrimiento se relaciona
con ese vivir deprisa y con la necesidad de dar una respuesta instantánea
al deseo. Muchos maestros y docentes creen que "tienen que hacer
la clase divertida" y no toleran "que no pase nada". Pero
si el profesor tolera que no pase nada, o que no pase lo que él
quiere, o que no pase al ritmo que él quiere, y da tiempo al proceso,
cualquier cosa acabará sucediendo.
Cuando se proponen ciertas actividades, basadas en el descubrimiento,
o en actividades manipulativas, los alumnos pasan inevitablemente por
un momento de duda y desconcierto. Su confusión les paraliza y
no hacen nada. Su actitud es de desmotivación ante la tarea, de
aburrimiento. El docente debe poder sostener esta situación a fin
de dar tiempo para que el alumno se ponga en marcha y acabe encontrando
la solución. En muchas ocasiones, su propia ansiedad le lleva a
desistir de realizar la tarea o a dar la clave antes de tiempo, empobreciendo
así el proceso de aprendizaje.
En una clase de alumnos de Diversificación les propuse confeccionar
un mural sobre la Edad Media, después de una serie de actividades
preparatorias. Nunca habían hecho un mural y yo misma dudaba si,
dadas sus características, serían capaces de hacerlo. El
primer día, con la cartulina delante, pasaron toda la hora de clase
sin hacer nada. Alguno escribió el título: EDAD MEDIA. Otros,
ni eso. El segundo día de clase, otra vez con la misma cartulina
delante, trazaron las líneas que debían dividir en tres
el espacio (según mis indicaciones), y algunos, los más
lanzados, colorearon el título: EDAD
MEDIA.
Tuve que mentalizarme, pues realmente, estaba a punto de tirar la toalla.
Aguanté, y al tercer día de clase empezaron a hacer sus
murales, que después de todo, no quedaron tan mal. (Sigue
en página 3)

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