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La Misa De San Electus Las mujerucas que Ilenaban sus cántaros en la fuente
comentaban aquella desgracia con la voz asustada. Éranse tres mozos
que volvían cantando del molino, y a los tres habíales mordido
el lobo rabioso que bajaba todas las noches al casal. Los tres mozos,
que antes eran encendidos como manzanas, ahora íbanse quedando
más amarillos que la cera. Perdido todo contento, pasaban los días
sentados al sol, enlazadas las flacas manos en torno de las rodillas,
con la barbeta hincada en ellas. Y aquellas mujerucas que se reunían
a platicar en la fuente cuando pasaban ante ellos solían interrogarles: Y se alejaban las mujerucas encorvadas bajo sus cántaros,
que goteaban el agua, y quedábanse los tres mozos mirándolas
con ojos tristes y abatidos, esos ojos de los enfermos a quienes les están
cavando la hoya. Ya Ilevaban así muchos días, cuando con
el aliento de una última esperanza se reanimaron y fueron juntos
por los caminos pidiendo limosna para decirle una misa a San Electus.
Cuando llegaban a la puerta de las casas hidalgas, las viejas señoras
mandaban socorrerlos, y los niños, asomados a los grandes balcones
de piedra, los interrogábamos: Y los tres mozos, luego de recibir la limosna, seguían
adelante. Tornaban a recorrer los caminos y a contar en todas las puertas
la historia de cómo el lobo les había mordido. Cuando juntaron
la bastante limosna para la misa, volviéronse a su aldea. Era el
caer de la tarde, y caminaban en silencio por aqueIla vereda del molino
donde les saliera el lobo. Los tres mozos sentían un vago terror.
No se había puesto el sol y el borroso creciente de la luna ya
asomaba en el cielo. La tarde tenía esa claridad triste y otoñal
que parece Ilena de alma. El arco iris cubría la aldea, y los cipreses
oscuros y los álamos de plata parecían temblar en un rayo
de anaranjada luz. Los tres mozos caminaban en hilera, y sólo se
oía el choclear de sus madreñas. Antes de entrar en la aldea
se detuvieron en la Rectoral que era una casona vieja situada en la orilla
del camino. El abad se paseaba en la solana, y ellos subieron humildes,
quitándose las monteras: Después los tres mozos se despedían agradecidos,
con una salmodia triste. Siempre en silencio, caminando en hilera, entraron
en la aldea, y guarecidos en un pajar pasaron la noche. Al amanecer, el
que se despertó primero Ilamó a los otros dos: A la puerta de la iglesia un niño aldeano tocaba a misa tirando de una cadena. Estaba abierta la puerta, y el abad, todavía por revestir, arrodillado en el presbiterio. Algunas viejas en la sombra del muro rezaban. Tenían tocadas sus cabezas con los mantelos, y de tiempo en tiempo resonaba una tos. El mozo atravesó la iglesia procurando amortiguar el ruido de sus madreñas, y en las gradas del altar se arrodilló haciendo, la señal de la cruz. El niño que tocaba la campana vino a encender las velas. Poco después el abad salía revestido, y comenzaba la misa. El mozo, acurrucado en las gradas del presbiterio, rezaba devoto. Caído en tierra recibió la bendición. Cuando volvió al pajar caminaba arrastrándose, y durante todo aquel día el quejido de tres voces, que parecían una sola, llenó la aldea, y en la puerta del pajar hubo siempre alguna mujeruca que asomaba curiosa. Murieron en la misma noche los tres mozos, y en unas andas, cubiertas con sábanas de lino, los Ilevaron a enterrar en el verde y oloroso cementerio de San Clemente de Brandeso. Ramón de Valle Inclán. Jardín Umbrío. Espasa Calpe: Madrid, 1975. Col. Austral.
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