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TEXTO N° 1
Antes de la Segunda Guerra Mundial, mis padres
y yo acostumbrábamos viajar en automóvil desde Evanston
(Illinois) hasta la casa de mis abuelos maternos en Danville (Illinois).
Lo hacíamos más o menos cada mes. En ese entonces
era un viaje de dos o tres horas. A veces jugábamos al caballo
blanco en el camino. Se trataba de un juego muy sencillo:
el primero que viese un caballo blanco a la vera del camino o lejos,
en algún potrero, decía: caballo blanco
y, al final del viaje, quien primero hubiese visto más caballos
blancos, ganaba.
Lo más interesante que recuerdo de ese
juego es que, cada vez que jugábamos, veíamos toda
suerte de caballos blancos; pero cuando no jugábamos, no
veíamos ninguno.
¿Por qué?
No era porque hubiese más caballos blancos
el día que jugábamos y solamente unos pocos cuando
no. Era porque cuando buscábamos los caballos los veíamos,
y no los veíamos cuando no los buscábamos. (
)
Uno ve cada árbol, matorral y parcela
de hierba por los que pasa. Cada poste telefónico, gasolinera,
edificio, semáforo, persona, lámpara de la calle,
buzón de correo, absolutamente todo.
Entonces ¿por qué solamente puede
recordar una fracción de lo que vio?.
Porque realmente no estaba observando.
Simplemente estaba mirando. No estaba buscando
algo, simplemente estaba mirando. Mirar no requiere mayor esfuerzo.
Es tan fácil como respirar. Observar es distinto. Requiere
esfuerzo y compromiso.
Jack Foster. Cómo
generar ideas. Grupo Editorial Norma.
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