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Los niños japoneses tienen cuerpos infinitamente más
desarrollados que los niños occidentales. Desde la
edad de dos años, un niño japonés aprende
a sentarse de un modo perfectamente equilibrado; entre los
dos y los tres años, el niño empieza a inclinarse
regularmente, lo que constituye un ejercicio fantástico
para el cuerpo. (
)
En Occidente, entre las escasas personas que a la edad
de ochenta años tienen cuerpos perfectamente desarrollados
y en forma se cuentan los directores de orquesta. Durante
toda su vida, un director de orquesta realiza movimientos sin considerarlos
como ejercicio, que comienzan por inclinar el torso. Al igual
que a los japoneses, le hace falta un estómago duro
para que el cuerpo pueda ejecutar unos movimientos particularmente
expresivos. No se trata de movimientos de acróbata
ni de gimnasta, que parten de una tensión, sino de movimientos
en los que la emoción y la precisión de pensamiento
están entrelazadas. El director de orquesta necesita
esta precisión de pensamiento para seguir cada detalle
de la partitura, en tanto que sus sentimientos dan calidad
a la música, y su cuerpo, en movimiento constante,
es el instrumento por medio del cual se comunica con los intérpretes.
Peter Brook. La
puerta abierta. Alba Editorial.
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